jueves, 17 de enero de 2013

El mundo del violín


Paseo por una calle del Madrid viejo, y al doblar una esquina encuentro a un joven que toca el violín. Lo hace muy bien, interpretando una melodía que desconozco -excepto en un par de registros, mis conocimientos musicales son limitados- pero que me conmueve hasta el punto de hacer que me detenga un poco más allá, escuchando. Y no sólo me conmueve la música. La soledad del joven en esta calle poco transitada, su expresión mientras desliza el arco sobre las cuerdas, la funda del violín que, a sus pies, muestra unas pocas monedas, también me producen una sensación triste. Melancólica.
Desde unos pasos de distancia, lo observo con atención. Sorprende, sobre todo, que parezca español, pues la mayor parte de los músicos callejeros que veo en el centro de Madrid -mariachis, acordeonistas, incluso la orquesta de jazz que suele tocar cerca del hotel Palace- son extranjeros, y en su mayor parte proceden de países del este de Europa. Pero éste parece de aquí, y lo confirmo cuando vuelvo sobre mis pasos, me inclino y pongo sobre la funda del violín un billete de cinco euros. «Gracias», le digo. Y él, sin dejar de tocar, sonríe y responde en perfecto español nativo: «No, por favor. Gracias a usted».

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